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  • Una educación para la felicidad

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    «El 20% de los adolescentes experimenta un primer episodio de depresión clínica al final de sus estudios superiores» Lewinson et al.

    Está claro que tenemos más cosas pero somos menos felices. Esta afirmación no puede ser una sorpresa. Somos lo que Lipovetsky ha llamado «la nueva civilización de la felicidad paradójica». Vivimos más deprisa y queremos (e incluso podemos) satisfacer las necesidades aquí y ahora, nuestra felicidad se basa más en tener que en ser y las redes han trastocado por completo nuestra forma de socializar. La realidad que afrontamos ahora es que la felicidad inmediata que pueden darnos las cosas resulta no ser duradera.

    Nos ha tocado vivir esta época, lo bueno es que muchos profesionales están trabajando en una vacuna.

    Tener más y además hoy mejor que mañana.

    Nuestra sociedad se ha vuelto progresivamente más competitiva y egoísta. En un mundo en el que cada necesidad puede ser satisfecha con un sólo clic, la frustración, que es una parte natural de la vida, se ha vuelto una emoción insoportable. Cada vez más veo en consulta adolescentes con una profunda intolerancia a la frustración.

    Los que pertenecemos a una «generación analógica» podemos notar las diferencias si nos paramos a pensar. El consumo es ahora muchísimo más importante y «tener» se ha convertido en una forma de vida. Las redes han cambiado la forma de socializar y, aunque pueden ser positivas, fomentan el individualismo y la preocupación constante por la imagen de nuestro yo digital.

    No está todo perdido

    No es una novedad que la adolescencia como etapa vital es muy popular. Si lo piensas te darás cuenta. En las series de televisión con frecuencia hay un adolescente conflictivo. En las noticias siempre hay espacio para un titular sobre el vandalismo, la delincuencia juvenil o el bullying. En las estanterías de las librerías muchos autores prometen soluciones milagrosas para padres desesperados, etc.

    ¿Pero tan mal estamos?

    Tanta atención ha generado una idea muy negativa sobre la naturaleza humana que no se corresponde con la realidad. Es cierto que la adolescencia es una época compleja pero el adolescente en sí mismo no es malo. Por poner sólo un ejemplo positivo, nuestros jóvenes participan de forma más activa en proyectos altruistas y están más implicados en causas sociales de lo que lo estuvieron las generaciones anteriores.

    Trabajar juntos.

    Los resultados de las intervenciones comunitarias sobre familias son claros. Cuando nos preocupamos en serio, adolescentes y adultos podemos revertir cualquier tendencia.

    Cómo enseñar felicidad a nuestros hijos.

    Las emociones tan importantes como las matemáticas.

    Poco a poco se está produciendo un cambio de tendencia y entre todos caminamos hacia una educación mejor. La formación académica es indispensable pero no podemos descuidar la formación en valores y habilidades que permitan al niño y al adolescente vivir y desenvolverse.

    Se están poniendo en práctica muchos proyectos que le dan protagonismo a los aspectos positivos de la persona, no con la intención de corregir defectos o debilidades sino potenciando virtudes y fortalezas personales.

    Pero dame un ejemplo concreto.

    Una de las mayores intervenciones para “enseñar bienestar” en las escuelas es el Programa de Strath Haven. Su principal objetivo fue aumentar la habilidad del estudiante para manejar las fuentes de estrés más frecuentes durante la adolescencia. La intervención trabajaba, entre otros aspectos, el desarrollo del optimismo, el pensamiento realista, la flexibilidad, el pensamiento creativo, la capacidad para la toma de decisiones, la relajación y varias estrategias para la resolución de problemas.

    Un adolescente más estable y feliz.

    La eficacia de este programa fue extraordinaria. Se demostró que mediante el entrenamiento de habilidades se podía prevenir la depresión, la ansiedad y los problemas conducta.

    La conclusión es muy esperanzadora.

    Podemos «enseñar bienestar» a nuestros hijos. Manos a la obra…

    ¿Y tú qué piensas? ¿Podemos entrenarles para la felicidad?

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